
Recurrir a la mentira para ser seleccionado para un puesto, se ha convertido en un método.
Llevados por la ansiedad de ser aceptados caemos en la tentación de acomodar nuestra historia y nuestras competencias, aumentándolas, frente a determinadas personas. Un ladrón inventará robos extraordinarios para ser admirado por sus compañeros de cárcel, un hombre alardeará de conquistas para presumir delante de sus amigos, una madre inventará logros de sus hijos a fin de mostrarse como madre exitosa y quienes buscan un empleo son proclives a inventar puestos y funciones, con tal de ser aprobados para ingresar a una empresa.
Mentir es un recurso fácil aun cuando se corre el riesgo de ser descubierto. Hay mentirosos de mejores y de peores recursos. Entre los primeros están quienes, conscientes de que las palabras no funcionan solas, saben acompañarlas con gestos, miradas, conductas corporales y verbales. Los mentirosos expertos trabajan mucho para lograr una conducta comunicativa aparentemente verdadera, en cambio, los mediocres suelen delatarse con algún gesto.
De aquí, su necesidad de un método. La extenuante tarea de dedicarse día a día, hora a hora, a transformar lo falso en verdadero. “Miente estupendamente bien”, se puede decir de alguien muy esforzado en ese oficio. Pero ¿hasta dónde? Una mentira, trae consigo una cadena sin fin de otras mentiras y la memoria juega un rol importante en este proceso: Recordar a quién y cuándo le dije qué cosa, forzosamente, termina siendo una nueva ¿habilidad?
Cuanto más se miente, más difícil resulta controlar las versiones dadas y comentar, repetir o continuar con coherencia lo novelado.
Destaquemos que no es lo mismo un mentiroso que un mitómano: el primero sabe que está mintiendo y engañando; el mitómano, en cambio, miente por impulso, sin darse cuenta de lo que está haciendo y creyendo incluso lo que inventa.
Del otro lado tenemos los receptores, entre quienes también podemos hacer diferenciaciones. Los hay crédulos y los hay sagaces. Pero, dentro de lo que se juega en un proceso de selección, hay receptores que son profesionales expertos y otros, que simplemente no lo son.
En este juego perverso no faltan expertos profesionales dedicados a enseñar a mentir, sobre todo en el momento de asesorar para la búsqueda de empleo. Y valga decir que son, después, los más habilidosos, para descubrir la mentira cuando pasan del rol de asesores al de receptores, pero generalmente creen que son sólo ellos los dueños de las mentiras.
El hábito de mentir se está transformando en lo que podríamos llamar seudología fantástica, que es el nombre técnico de una compulsión a imaginar la vida, los acontecimientos, las historias como formas de causar una impresión de admiración en los receptores. Este afán por impresionar está basado en la necesidad de resultar valiosos y geniales a través de medios tramposos ya que por los naturales y reales creen que no lograrían hacerlo. Refleja, por un lado, la ambición de ser reconocidos, dignos de un puesto; por otro, pone de manifiesto la profunda duda de no ser dignos de aceptación, de sufrir minusvalía para lograr ese reconocimiento.
Mentir sobre lo que hacemos puede incluir placer, algo así como una migaja de lo que nos gustaría ser o haber sido. Imaginar que somos ricos, que tuvimos éxito en una función, puede provocar un gusto que se convierte, por un rato, en manjar y que yendo de engaño en engaño, fantasía tras fantasía, le da al sueño apariencia de realidad.
El problema resulta -al mentir tanto procurando que no se note- en que finalmente la persona se transforma en un actor que representa un personaje, una persona inventada, que hará un esfuerzo tan alto que puede confundirse y hasta olvidar quién es realmente. El personaje suplanta, en esos casos, al yo real: su personalidad se instala en una base muy peligrosa, porque los halagos y valoraciones que consigue de los demás con sus tretas, en realidad nunca podrá saborearlas porque sabe que no son merecidos. No logra pues sentir lo que le gustaría: un verdadero placer por sus méritos. Y, como la sed de méritos no se sacia por este procedimiento, el mentiroso estará cada vez más insatisfecho y seguirá exagerando la dosis de la misma medicina.
Lo que puede salvarlo es plantearse su desánimo, la progresiva languidez que produce en él la simulación. Su afán de caer bien produce el efecto contrario: decepción en los demás, disgusto, generando una desconfianza muy difícil de remontar. Si reflexiona sobre esto verá que la cura de su problema consiste en sustituir la mentira por la excelencia. Si reconoce su necesidad de brillo puede satisfacerla dedicándose a mejorar sus méritos verdaderos con persistencia y seguridad.
Jugar limpio, ser nosotros mismos, es el mejor camino para ser aceptados. Lo primero es que nos acepten humildes y mediocres. Una vez conseguido eso, se puede intentar el salto al mérito, entonces no será agresivo ni provocará rechazo (siempre caen antipáticos quienes quieren mostrar lo que no son) sino una activa entrega por participar, colaborar, aprender y sumarse a equipos de trabajo de esa manera creando amigos, relaciones positivas y la excelencia laboral.
Si éstos fueran los móviles en forma consciente la mentira en la entrevista de selección no tendrá sentido de ser. Se desecharía su práctica, y no por temor a que el receptor experto pudiera reconocerla- sino por uno mismo, por el propio bienestar, por la búsqueda de la propia gratificación y autoestima. Con la ventaja de la calma que da ser tenidos en cuenta por lo que verdaderamente somos, no por lo que los demás quieran que seamos.
La mentira es la trampa que nos tienden y en la que aparatosamente caemos cuando creemos que no basta con ser lo que somos o con trabajar para llegar a ser lo que queremos ser. Confiemos en nosotros mismos. No nos dejemos engañar por quienes pregonan que mentir proporciona éxito en la búsqueda del empleo.
Lic. Gloria Cassano |